Tenochtitlan NO fue derrotada… fue envenenada

Hoy se cumplen simbólicamente 499 años de la Heroica Defensa mexica e Invasión católica a Tenochtitlan perpetrada por el invasor hispano-tlaxcalteca el 13 de agosto de 1521 (calendario Juliano). Un oscuro evento que trastorno el curso de la historia y descarrillo el destino glorioso de aquella humanidad pasada, que a partir de ese día se sumió en un espiral descendente de oscurantismo y explotación.

Recordemos a nuestros Primeros Mexicanos (mexicah) con honor y orgullo, demos a Tenochtitlan el lugar que merece en la historia humana como una de las muy contadas “Ciudades Luz” que guiaron al mundo y que gracias a ellas fue posible la Civilización. Las personas cultas y despiertas de este siglo XXI, sabemos que Tenochtitlan NO FUE DERROTADA, simplemente compartió la misma negra suerte que otras bellas y civilizadas sociedades como la ateniense, que al no poder ser superadas cultural y militarmente por sus enemigos (la tiránica Esparta y las fanáticas Castilla-Tlaxcala respectivamente) fueron objeto de una de las mas viles artimañas a la que solo los cobardes recurren cuando se ven superados: ENVENENAR a la población. No vamos a detenernos en los aspectos médicos de esta afirmación, aunque en futuras entregas abordaremos este tema a profundidad y con la opinión de especialistas, por ahora, nos limitaremos a enunciar los síntomas clínicos que estas “supuestas enfermedades desconocidas” provocaron hasta llevar a la muerte tanto a atenienses como tenochcas. Aquí compartimos primero el testimonio de la parte griega seguido del nahua para que usted amable lector, contraste ambos casos y llegue a sus propias conclusiones de si es posible que enfermedades tan similares y devastadoras aparezcan repentinamente a mitad de una crucial guerra, hiriendo de muerte a solo uno de los bandos, casualmente, el bando portador de la Razón y la Ética:

1) Síntomas de la “peste” de Atenas

“Primero sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía, y descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera, que los médicos llamaban apocatarsis”, escribió el historiador y militar Tucídides, quien padeció la peste de Atenas pero consiguió sobrevivir y constatar sus síntomas. Su intención era la de dar a conocer la enfermedad que a tantos atenienses hizo enfermar. “Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina, y el que no sabe nada de ella, declare si es posible entender de dónde vino este mal”, añadió en sus crónicas.

2) Síntomas de la “peste” de Tenochtitlan

De acuerdo a las descripciones realizadas por el protomédico de la Nueva España, Francisco Hernández de Toledo, la enfermedad consistía en fiebres altas, fuertes cefaleas, vértigo, lengua seca y negra, orina negra o verdosa, disentería, dolor abdominal y torácico, delirios, convulsiones, diarrea, abscesos detrás del pabellón auricular, hemorragia abundante de nariz y oídos y la muerte al cabo de tres o cuatro días. El cirujano del Hospital Real de Naturales, Alonso López de Hinojosos, agregó la polidipsia y distinguió las formas clínicas de la enfermedad: «la primera fue pararse los enfermos atiriciados; la segunda fue apostemas tras las orejas; la tercera cámaras de sangre y flujo de sangre por la nariz (la cuarta)».​ En necropsias realizadas a los enfermos se observó agrandamiento y endurecimiento del hígado, hemorragia en los pulmones y esplenomegalia. Alonso López coincidió en varios puntos de la descripción de Hernández, por ejemplo: «los enfermos tenían excesiva sed», «a los dos días se tornaban locos».​ La muerte era dolorosa aunque rápida —aproximadamente el 90% de los enfermos moría después de cinco o seis días—. Entre los nativos, el cocoliztli era casi «inevitablemente» mortal. Inicialmente, los jóvenes fueron los más afectados, mientras que los ancianos «frecuentemente lograban vencerla». Más tarde, afectó «a todos los grupos de población sin diferencia de edad y sexo» Aunque los españoles no se vieron demasiado afectados por el cocoliztli, cuando adquirían la enfermedad regularmente seguía un «curso benigno»​ La enfermedad tuvo cierto grado de «polimorfismo», aunque la fiebre y la ictericia estaban siempre presentes, otros síntomas tuvieron una «frecuencia e intensidad variables».​

Una vez asentadas ambas citas, solo alguien muy ingenuo no vería las pruebas fehacientes de muerte masiva por envenenamiento y seguiría tomando por infalibles las “teorías oficialistas” que hablan de “salmonelosis” y “viruelas agresivas” que “convenientemente” azotaron sin piedad tanto a mexicah como atenienses, justo cuando llevaban la delantera en el momento mas álgido de la guerra que sostuvieron cada uno contra los enemigos en turno del mundo. Es evidente, que esas “pandemias” actuaron selectivamente en ambo casos, pues solo castigaron a un bando y lo hicieron de una forma tan brutal y fulminante al grado de erradicar en cuestión de días y semanas al grueso de la población. Resulta sorprende (y no) que los estudiosos de la historia no atinen a deducir que ninguna pandemia es selectiva y que al afectar a solo un bando (entiéndase ateniense y tencocha) en una guerra, mas resuena que aquello se tratara del efecto de un veneno fabricado y lanzado por los oponentes (espartanos y católicos respectivamente), mismos que de antemano cabe la fundada sospecha, tendrían el antídoto contra aquel mal que soltaron a las aguas de los puertos de Atenas y manantiales de Tenochtitlan. Quizás, a eso obedezca la extraña prisa que Hernan Cortes tuvo por levantar un “hospital caritativo” en el centro de Tenochtitlan una vez consumada la invasión, y no queda duda que lo mando edificar para que sus aliados no cayeran “enfermos” una vez que radicaran en Tenochtitlan y asi garantizar, lo ayudaran a ocupar militarmente y usurpar la Blanca Ciudad sin la oposición de los legítimos dueños a quienes dejaron morir a merced de aquel negro veneno que mato a los bastiones de la Humanidad Digna, primero a Atenas y dos mil años después a la ultima Ciudad-Luz de la antigüedad: la gran Mexico-Tenochtilan.

Los tiempos son perfectos y las revelaciones están llegando y sus medios de manifestación son vastos.

Reafirmamos el sentido de este manifiesto guiado por la Sabia Intuición y la Verdad Científica, como una ofrenda a la gloria de Aztlan-Tenochtitlan y a todas aquellas luminosas sociedades a lo largo del mundo y el tiempo que supieron guiar con ética al mundo, pero que por avanzadas despertaron la envidia de gente inferior en espíritu y fatalmente acabaron arrasadas por huestes retrogradas e inhumanas. Pero sabemos que Todo lo que el hombre crea esta destinado a morir, y es por ello que nuestra lucha no acabara hasta matar la negra creación que el imperio enemigo de la humanidad levanto hace 500 años y que ante su mirada impotente esta viendo llegar sus últimos días, porque así esta registrado en nuestra Sagrada Cuenta y Eterno Retorno.

Cerremos este trabajo con algo bello, con el Poema e Himno a Tenochtitlan que nuestros sabios guardianes nos legaron hasta nuestros días. Pedimos que desde donde estemos, recitemos estas lineas mientras llevemos una mano al pecho y la otra en dirección al sol… el Nuevo Sol:

Desde donde se posan las águilas,
desde donde se yerguen los jaguares,
el Sol es invocado.
Como un escudo que baja,
así se va poniendo el Sol.
En México está cayendo la noche,
la guerra merodea por todas partes,
¡Oh Dador de la vida!
se acerca la guerra.
Orgullosa de sí misma
se levanta la ciudad de México Tenochtitlan.
Aquí nadie teme ya la muerte en la guerra.
Ésta es nuestra gloria.
Éste es tu mandato.
¡Oh, dador de la vida!
Tenedlo presente, oh príncipes,
no lo olvidéis.
¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan?
¿Quién podría conmover los cimientos del cielo…?
Con nuestras flechas,
con nuestros escudos,
esta existiendo la ciudad.
¡México Tenochtitlan subsiste!

***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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