“Graniceros”: los verdaderos “santos” del Anahuac.

Los anahuacas eran conscientes de que existían métodos artificiales capaces de afectar y controlar a conveniencia el curso y acción de las Fuerzas Naturales y un claro ejemplo de ello, que nos llega hasta nuestros días, son los llamados “graniceros” (tlaloque), esos hombres sabios de los pueblos del México actual que logran con sus artes y ciencia, “llamar” a la benéfica lluvia y a la vez “ahuyentar” las desastrosas heladas de los campos de cultivo. Ellos, los “adivinos del clima” que logran proezas, porque saben “trabajar con el tiempo”, porque espiritualmente están “cerca de las nubes”.

Sin embargo, mas allá de los matices místicos de esta realidad poco conocida de los campos mexicanos, es sabido que en la Ciencia de Anahuac existía la certeza de que el humano (macehual) era parte de un Todo (el Tloke Nahuake) supeditado a Ordenamiento-Cosmos (Ometeotl) y por tanto, al encontrarse una persona en total armonía con su entorno físico, mental y espiritual, podía fungir como un “puente para entablar comunicación con la divinidad” (la capa celeste), o dicho de otra manera, un hombre con “buen orden interior” se convertía en un “estabilizador del medio ambiente”, puesto que era capaz de restablecer el orden en la Naturaleza con su mera presencia. Por ello, entre los mexicah se daba gran importancia a la armonización de los sentidos y la percepción, mediante la practica festiva y ceremonial de danzas sagradas y ritos específicos capaces de hacer entrar en equilibrio la parte psíquica con la parte material de un individuo, para de ese modo, lograr que los hombres se convirtieran en perfeccionadores de la Naturaleza y del entorno social, al hacerlos conscientes de que ellos eran un reflejo del Cosmos y a la inversa; es decir, si los hombres mantenían su orden interior natal (mexictli), en consecuencia, la Naturaleza regresaría a su orden original y de esa manera, las lluvias ausentes por desequilibrios externos (sequías), retornarían al valle porque los humanos armoniosos (irremediablemente) aportan a la balanza de las energías y contribuyen a la estabilidad con su propio buen equilibro interno, haciendo retroceder los desajustes del Cosmos.

Ahí esta el gran saber de los graniceros mexicanos, los que llevan “las nubes de sombrero”, los que atraen las lluvias a donde van, esos hombres sencillos, íntegros y llenos de humanidad, capaces de lograr proezas atmosféricas GRACIAS a su cercanía con la divinidad, con las nubes, los encargados de devolver la armonía allá donde se perdió, pues ellos son los verdaderos “santos del Anáhuac”: los que ayudan al Cosmos a no tropezar y toman parte en la Creación.

En el México colonial quedo documentado el caso de uno de estos hombres “hacedores de lluvia”, su nombre era Martín Ocelotl, quien fue un sacerdote azteca que falsamente aceptó el bautismo católico para no levantar las sospechas de la iglesia en lo que fue su lugar de residencia, Texcoco, en donde Ocelotl secretamente seguía practicando las artes anahuacas de predicción y generación de las lluvias; no obstante, este fascinante personaje, según cuenta la historia, en el otoño de 1536 terminó siendo descubierto y procesado como hereje por la Inquisición de la Nueva España, quedando condenado de por vida a permanecer en el exilio en una fría celda de una cárcel en Sevilla, España.

Aquí dejamos esta aportación, pensada en ampliar el interés por los muchos secretos y maravillas de la mente humana, mismos caminos misteriosos que los pensadores del México Antiguo llegaron a vislumbrar y posiblemente dominar. Detengámonos a pensar que si la Física moderna sabe que todo en el Universo son nubes de energía en constante atracción y repulsión, y nosotros mismos, la materia viva literalmente somos “nubes de energía condensada”, entonces, ¿por que pensar que la lluvia es algo imposible de atraer con tan solo restablecer nuestro micro-cosmos (donde también llueve)?, pues para hacer llover solo basta sincronizar nuestro mundo interno con los pasos y ritmos que mueven a la lluvia (conocer su danza)…

SON LAS COSAS VIVAS LAS QUE PRODUCEN “MILAGROS” (no los muertos ni las reliquias), nosotros los vivos, somos el puente entre la miseria terrenal y los prodigios divinos… aun hay mucho por comprender.

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“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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