El “Atl-Tlachinolli” y la mentira de la “Guerra Sagrada”

Mucho se ha discutido en torno al concepto de Atl-tlachinolli, un símbolo que por excelencia, es uno de los más sagrados dentro de la Cosmogonía azteca; no obstante, la polémica ha sido infecunda hasta la fecha, pues la “Historia oficial” no ha logrado ni de cerca, ofrecer una idea clara y satisfactoria del por qué se le debe atribuir (ciegamente) a este icono antiguo, el ser emblema de la supuesta “Guerra Sagrada”. De igual manera, se ha malgastado en tinta y tiempo en intentar forzar y ajustar a la visión eurocentrista, el verdadero significado de este Símbolo Dualista anahuaca del “Atl-tlachinolli”, el cual ha sido objeto de manipulación desinformadora que lo aleja de su concepción real y ancestral, para encajonarlo en el absurdo estereotipo del culto a una hipotética y falsa “Guerra Sagrada a la que el pueblo mexica (dicen los frailes) profesó gran apego y devoción”.

En estricto sentido pictórico y haciendo una lectura literal del difrasismo que encierra el Atl-Tlachinolli, por un lado, tenemos que éste es un símbolo bellamente concebido donde se aprecia “una corriente de agua entrelazada con una banda que representa un incendio sobre la tierra”, algo que coincide justamente con la definición de las raíces que componen su nombre, pues Atl-Tlachinolli proviene de la palabra “Atl” que significa “agua” y de “Tlachinolli” que es un sustantivo derivado del verbo “ichinoa”, que significa “quemar” y a su vez, esta segunda componente tiene aglutinada la palabra “Tlalli” (tierra), por lo cual, nos queda que el significado literal de Atl-Tlachinolli es:

“AGUA Y TIERRA QUEMADA”

Glifo azteca del ATL-TLACHINOLLI

A todas luces, “Agua y Tierra Quemada” es una definición distinta a la inexacta creencia popular de que Atl-Tlachinolli (o Atlachinolli) significa “Agua y Fuego” o también “Agua Quemada”, pues a pesar de que estas dos ultimas traducciones alternativas tienen cierto grado de acierto, no obstante, no se tratan ninguna de ellas de la definición formal. Es el Atl-Tlachinolli, un símbolo único en su tipo y que forma parte de la Iconografía Sagrada del Anahuac, y por ello aparece en gran cantidad de Códices antiguos o “amoxtin” (en variados estilos y diseños), así como en creaciones artísticas en piedra, cerámica o talla de madera.

Una particularidad a resaltar en el uso de este símbolo en las imágenes de los libros antiguos, es que los “dibujantes-escribas” (tlacuiloanimeh) que pintaban el Atl-Tlachinolli, por lo general lo ubicaban delante de las bocas (a manera de signos de la palabra) de las representaciones antropomorfas o animales que componían sus Ideogramas; como si con ello, quisieran hacer alusión a que el Atl-Tlachinolli, es algo que emerge del interior de cada numen, al igual que una evacuación de energía.

Antes de continuar, es preciso decir que el sentido de este nuevo ensayo nuestro, es la servir de sincera reprimenda en contra de la “poca profundidad de pensamiento” (por decirlo de manera amable) que caracteriza las conclusiones de los desinformadores de todos los siglos, quienes a la ligera y escuetamente aseveran que Atl-Tlachinolli significa “Guerra Sagrada”, desdeñando así otras posibilidades mas coherentes y el inobjetable propósito ASTRONÓMICO y sentido METAFÍSICO con el que fue concebido este símbolo por sus sabios creadores. No obstante, no es de extrañar este desdén por parte de los eurocentristas hacia los significados originales de los iconos de Anahuac, pues a decir verdad, la “Historia oficial del México Antiguo” es un discurso manipulado que hace eco de los intereses privados de las coronas europeas y la mejor prueba de ello, es la certeza histórica de que todos los cronistas hispanos de la época de la Invasión al Anahuac en el siglo XVI y los replicantes frailes de la posterior época de la Colonia (ver Catecismo en nahuatl de Pedro de Gante), uno detrás de otro, fueron usurpando y profanando los símbolos sagrados del Anahuac para reinterpretarlos (desfigurarlos) a su conveniencia y desde su óptica occidental católica, para de ese modo, hacerlos encajar en su escala de valores y prejuicios religiosos europeos. La patraña y la distorsión conceptual del Atl-Tlachinolli que asevera que se trata del símbolo de la “Guerra Sagrada” es una más de las muestras a esta nefasta regla de engañar para occidentalizar y la de hacer descuadrar la filosofía del México Antiguo para hacerla pasar a través de la “tubería de desagüe” cultural que representó la catequización de los milenarios pueblos sometidos de Anahuac tras de 1521.

Fue años después de éste Asalto a Tenochtitlan, cuando se comenzó a difundir falsamente que el profundísimo y sublime concepto de Atl-Tlachinolli significaba “Guerra Sagrada”, una mentira burda y descarada que sin duda, se trató de una estrategia colonizadora muy bien montada, para inculcar en las nacientes generaciones de “indios novohispanos” la falaz idea de que sus ancestros “mexicah” eran un pueblo “obsesionado con la guerra”, a tal grado de conjeturar sin mayor pudor intelectual, que los mexicanos de antaño consideraban la guerra una actividad “muy sagrada y divina”, por encima incluso, del redentor acto de sembrar la tierra y dar vida a las piedras con bellas creaciones de arte cósmico, que dicho sea de paso, son estas dos últimas, las verdaderas motivaciones en torno a las cuales giró el pensamiento de Mexico-Tenochtitlan.

Fueron los invasores europeos, quienes propagaron la brutal y ofensiva idea de que el Atl-Tlachinolli, era el emblema de “la acción militar azteca contra otros pueblos, justificada por un supuesto mandato religioso y divino”. Por tanto, al malinterpretar el Atl-Tlachinolli como un símbolo de guerra y destrucción, los colonizadores legitimaban sus dichos difamatorios contra sus enemigos mexicah, a quienes acusaban sin pruebas de acariciar pretensiones insaciables de dominio y poder que rayaban en el delirio tiránico, pues al explicarle a los neófitos y nuevos acólitos americanos del “rey Papa” que el “funesto” símbolo del Atl-Tlachinolli de sus abuelos, no podría significar otra cosa que el culto a la “Guerra Sagrada”, los incautos indios evangelizados de la Colonia terminaban creyendo el falso cuento de que aquel manipulado y supuesto “símbolo de la guerra divina” fue lo que motivaba a la sociedad de la antigua Triple Alianza (“Excan Tlahtolloyan”) a participar gustosa en los supuestos fanáticos conflictos armados que ordenaban continuamente sus “Huey Tlahtoani, Señores de la guerra”, fomentando la falacia entre los nuevos católicos, de que los tenochcas eran un “pueblo engañado por el demonio” a quien con esa barbarice de hacer la guerra obedecían, creyendo que así agradarían “al supuesto dios del Templo Mayor sediento de sangre humana” tal y como reza la mentira eterna de los ministros romanos, que no sólo han difamado al excelso Anáhuac, sino a muchas otras civilizaciones del mundo en diferentes épocas (celtas, judíos, etc).

Sabemos que en toda guerra de invasión perpetrada a lo largo de la Historia Mundial, el ejército agresor siempre requiere de una justificación plausible para sus actos brutales y en el caso de Anahuac, los propagandistas de Roma desarrollaron el conflictuado mito del Atl-Tlachinolli para sustentar la supuesta “naturaleza belicosa” de la Religión azteca, y de ese modo presentar a los mexicah como un pueblo hostil que por fanatismo a sus creencias veneradoras de la “Guerra Sagrada”, terminó imponiendo un estado permanente de sometimiento, terror y barbarie para con sus rivales y pueblos vecinos, convencidos de que era su sagrada misión, la de “mantener el equilibrio cósmico, alimentando al Sol con los corazones palpitantes y la sangre caliente de los prisioneros” (nuevamente, una vil patraña hispanista).

Es por lo anterior, que para los divulgadores eurocentristas de confesión católica (europeos en su gran mayoría), les es muy redituable perpetuar la mentira de que el Atl-Tlachinolli sagrado de los aztecas tiene que ver con un supuesto “Culto a la guerra” y con un supuesto “mesiánico anhelo” de dominación mundial que los Señores mexicah se propusieron alcanzar, desde la fundación de su gran ciudad-templo México-Tenochtitlan en el año 1325. En contrapartida, nosotros vemos con ironía que la idea de “Guerra Sagrada” no es un concepto endémico de Anahuac y SÍ que encaja mejor con la mentalidad imperialista europea, pues los únicos que vieron algo sagrado en la guerra fueron aquellos bárbaros del “Viejo Mundo” que nunca se detuvieron en zarpar los siete mares para invadir pueblos neutrales y tierras lejanas.

Lo real y comprobable es que los mexicah NO ERAN UN PUEBLO HOSTIL impulsado a los campos de batalla por motivos imperialistas, sino más bien, fueron un valiente pueblo minoritario y defensor del antiguo Equilibrio Universal (de Anahuac) que parecía perdido para siempre con la caída de Tollan en el siglo XII; por lo anterior, es lícito afirmar que los mexicah nunca vieron en la guerra un “deber divino” de tener que matar en nombre de los “dioses”, sino todo lo contrario, vieron en la guerra la única alternativa de sobrevivir que les dejó un mundo agresivo y en decadencia que despreció la bella sabiduría y el pacifismo del viejo Maestro tolteca Ce Acatl Topiltzin (el ultimo Quetzalcoatl), pues ningún hombre culto y bien informado podrá negar jamás, que efectivamente  los mexicah nacieron como nación teniendo que soportar las guerras, atrocidades y tiranías que otros cometieron contra de ellos desde un inicio. Defenderte y resistir a tus enemigos nunca será sinónimo de Culto a la Guerra, es a la inversa, es el Culto a la Paz y así lo entendieron los mexicas-aztecas, quienes no acostumbraban atacar primero, sino solo responder a las agresiones vecinas; por tanto, si se insiste en hablar de un Culto a la Guerra Sagrada en el siglo XVI, es mejor que miremos a otra latitud (a Europa), pues los únicos que hicieron guerra de invasión y exterminio para hacer cumplir la “misión santa de su dios tribal” fueron los hispanos-romanos.

Ahora bien, no dejemos que esta inspección nuestra quede en palabras al aire, seamos estudiosos implacables y pasemos a las “supuestas pruebas” en las que se apoyan los patrañeros eurocentristas para pregonar con total ligereza intelectual que el profundo signo Atl-Tlachinolli es el emblema de la “Guerra Sagrada”. De momento quede a juicio del estimado lector, si le parece que estas “pruebas” son verdaderamente contundentes y vastas como para llegar a la misma conclusión de que “Agua y Tierra Quemada” es sinónimo de “Guerra Sagrada”. Rogamos atender todos los elementos expuestos hasta ahora y también los objetos prehispánicos que expondremos a continuación, donde aparece este signo del Atl-Tlachinolli que adorna por igual a una Piedra Conmemorativa, un instrumento musical o un escudo real. Veamos:

La primera y quizás más famosa de las supuestas pruebas “oficiales”, es la célebre escultura pétrea llamada por la Academia como la “Teocalli de la guerra sagrada”, obra custodiada en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, en la ciudad de México. Según las interpretaciones oficiales, esa obra representa a un basamento con un templo solar en su cima, cubierto en sus lados y superficies superiores con relieves finamente ejecutados, que en voz de los eurocentristas “en conjunto hablan del papel cósmico de Tenochtitlan como sostén del numen solar, al cual se le alimentaba con los corazones de los guerreros sacrificados (¡!)”.

Otra obra artística que reúne una gran cantidad de signos Atl-Tlachinolli es el “Huehuetl de Malinalco”, un tambor vertical hecho de un tronco hueco. La Academia oficial conjetura en base a la falacia de la “Guerra Sagrada” que probablemente este tambor era tocado en las ceremonias de las órdenes militares de elite (!¡). No obstante, entre lo destacable del tallado de los relieves de factura exquisita sobre la madera y que cubren la superficie cilíndrica del instrumento, podemos decir que se distribuyen en tres zonas: Abajo hay tres anchas patas, separadas por perforaciones de contorno zigzagueante, de las cuales salía el sonido del tambor. En dos de estas patas hay jaguares que danzan —a juzgar por su postura— y lloran; portan banderas militares y tocados de plumas; fluyen corrientes de agua de diversas partes de sus cuerpos. Junto a una de las patas de jaguar hay una cuerda con plumas, instrumento que al parecer se relacionaba con el sacrificio ritual de los guerreros. Enfrente de los hocicos de estos jaguares hay signos Atl-Tlachinolli. En la tercera pata del tambor hay un águila con los mismos elementos icónicos, también con su signo Atl-Tlachinolli. La segunda zona es una banda que separa la parte ocupada por las tres patas de la mitad superior del tambor. Consta de dos fajas entrelazadas con los motivos “agua” e “incendio”; a intervalos regulares, sobrepuestos a estas bandas, hay escudos circulares con banderas y flechas. La zona superior del tambor presenta un gran signo calendárico “4 Movimiento” (Nahui Ollin), relacionado con el La Leyenda de los Soles, flanqueado por un águila y un jaguar como los descritos en las patas del tambor, también con signos compuestos Atl-Tlachinolli frente al pico del águila y al hocico del jaguar. En el lado opuesto de esta zona hay un hombre-águila con cuerdas emplumadas en las manos. La Academia oficial cree que el mensaje iconológico de esta pieza musical tiene que ver con el papel de las órdenes militares, los guerreros jaguar y los guerreros águila, en el sostenimiento del Sol, mediante su actividad bélica.

Otro ejemplo del signo Atl-Tlachinolli en el arte prehispánico es el llamado “Escudo de Ahuízotl“, muestra sobresaliente del arte plumario mexica que se resguarda en el Museo de Etnología de Viena. Más que un ahuitzotl, o animal lacustre mítico (y nombre de un célebre Huey Tlahtoani mexica), representa un cánido (probablemente un coyote) emplumado, elaborado con plumas de colores y piezas de oro. Debajo de sus fauces abiertas hay un signo Atl-Tlachinolli con los mismos elementos que hemos visto en otras obras, aunque presenta algunas variantes en cuanto a su disposición y forma.

Finalmente, Fray Bernardino de Sahagún, en el inciso sobre las metáforas nahuas del Códice Florentino, abunda sobre el difrasismo Atl-Tlachinolli, intentando dejar en claro su sentido original como sigue: “Quiere dezir esta letra. El mar o la chamusquina vino sobre nosotros o paso sobre nosotros. Por metaphora se dize: de la pestilencia o guerra que quando se acaba dizen otonpanquiz inteuatl in tlachinolli. Paso sobre nosotros la mar y el fuego”. Vale la pena estudiar el texto en náhuatl de este mismo manuscrito, del cual la cita anterior es una traducción aproximada: “Inin tla / tolli, itechpa mitoaia: in uei iao / oiotl muchioaia, anoço uei coco / liztli. Mitoaia: Otopan muchiuh, / anoço otopan onquiz: iniuhqui / teuatl, tlachinolli: quitoznequi: / cocoliztli, anoço uel iehoatl in / iaoiotl”. Oficialmente la traducción literal de la cita anterior es aceptada como sigue: “Con este dicho se decía: la gran guerra se hacía, o la gran enfermedad. Se decía: sobre nosotros se hizo, o sobre nosotros corrió, algo como el agua divina, los campos incendiados. Quiere decir: la enfermedad o esta guerra”.

Hasta aquí esta primera publicación que aborda la compleja temática del Atl-Tlachinolli, donde hemos asentado formalmente que en la lengua náhuatl este signo sagrado se expresaba con el difrasismo verbal “Atl” mas “Tlachinolli”, que significa en estricto sentido: “el agua, la tierra quemada”. La explicación que da la Historia oficial de esta frase metafórica, sin empacho y sin esfuerzo, la toma a calca de la explicación que ofrece el fraile Sahagún, la cual indica que el sentido de Atl-Tlachinolli (visto a través de ojos hispanos-romanos ajenos a la Cosmovisión mexicana) es la de una supuesta “calamidad”, pretendiendo hacer creer a sus consultantes que Atl-Tlachinolli se refiere a una “doble catástrofe”, comparable a una inundación y un incendio, con sus secuelas de muerte y sufrimiento, y que por tanto, bajo esa lógica rebuscada colonialista, el símbolo del “Agua y Tierra quemada” se empleaba entre los antiguos mexicanos para hablar de las guerras y de las epidemias. No obstante, nada en esta conjetura miope resulta creíble o sostenible por sí misma, pues la conjunción de “Agua y Tierra Quemada” solo pudo evocarle la idea de “guerra y destrucción” a los invasores europeos medievales, quienes carecían de una mentalidad compatible con la Naturaleza y la Mecánica celeste, pues simplemente filtraban todo a través de la torcida lente romana-ocultista que veía en los Elementos que constituyen el Cosmos a tremendas “Fuerza enemigas del hombre” y no Potencias Benefactoras útiles para el progreso científico y espiritual que siempre avanzó a la par en Mexico-Tenochtitlan, donde se tenía una adelantada comprensión del Universo.

Por ahora, quede claro que “Agua-Tierra Quemada” y “Guerra sagrada” no son ideas compatibles. Mas adelante, en una segunda publicación acerca de este tema, nos dedicaremos a demostrar con bases sólidas y no con elucubraciones fanáticas (como las ofrecidas por los divulgadores eurocentristas), el significado real del Atl-Tlachinolli y explicaremos por que aparece en su forma gráfica o escrita, en cada uno de los cuatro casos arriba expuestos :“Teocalli de la Guerra Sagrada”, “Huehuetl de Malinalco”, “Chimalli de Ahuizotl” y el verso del Códice Florentino. Para lo anterior se precisa de hacer uso de los auténticos conceptos filosóficos anahuacas y no de extra-polaciones occidentales como los que ocupa la perorata propagandística eurocentrista.

Nunca olvidemos que el ojo solo enfoca, pero quien realmente “ve” es la mente… si los invasores europeos vieron en el Atl-Tlachinolli el escudo de una “Guerra Sagrada”, es porque no hubo otra cosa mas en sus mentes que fuego destructor.

***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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