“La religión azteca no era Politeísta”. Parte 1

Símbolo azteca del “Ojo estelar”

La religión practicada por los pueblos aztecas del Valle de Anahuac es un tema sin duda polémico, no obstante, se sabe con certeza que en las ciudades de la denominada “Triple Alianza” (Texcoco-Tenochtitlan-Tacuba) se practicó una Fe religiosa que reconocía la existencia de un DIOS SUPREMO y OMNIPRESENTE, “Dador de la Vida” y que había creado a partir de Él a todas las demás “Entidades celestiales y terrenales” (seres divinos y animales). En ese sentido, la Cosmovisión de los “pueblos aztecas” era equiparable a la religión de la Grecia clásica o la de los originales hebreos (abrahámicos), quienes creían en la existencia de “dioses menores” (energías sagradas) pero a su vez subordinados a un DIOS CREADOR DEL UNIVERSO. Es decir, en el México Antiguo no había estrictamente una “Religión Politeísta”, sino una del tipo HENOTEISTA o Monolatría (del griego μονο-, “uno”, y λατρεία, «adoración”) la cual, es una forma de práctica religiosa en la que se venera a un DIOS PRIMORDIAL del que se desprenden “seres divinos”.

  Este “Único Dios Supremo” de la religión azteca no tenia un nombre propio, sino que sus fieles se referían al Él con el apelativo reverencial de “Aquello por lo que vivimos” (“Ipalnemohuani”), aunque también tuvo otras variantes como: “Aquel que se ha creado así mismo”,  “Señor que se crea o inventa a sí mismo mediante su propio pensamiento” (“Moyocoyani”) o “El Señor que esta fuera y dentro de todas las cosas” (“Tloke Nahuake”). La prueba fehaciente del carácter henoteista de la antigua religión mexicana, se encuentra en las ideas del sabio rey y profeta del Anahuac, Nezahualcoyotl, quien siendo el gran ideologo de la Triple Alianza e máximo inspirador de los “Huey Tlahtoani” (como Ilhuicamina), defendió el culto azteca original, de venerar a un “dios único invisible” que NO se podía (ni se permitía) representar bajo ninguna forma o símbolo y que estaba lejos del alcance del entendimiento humano, pues estaba colocado mas allá de los cielos y en el punto mas alto, desde donde hacia disponer de todas las cosas. Pero a pesar, de que ésta no es una actitud religiosa francamente monoteísta, (pues aceptaba el culto a dioses menores), por otro lado, si demuestra con claridad la mentalidad azteca de converger su culto hacia la “unidad divina” y un afán filosófico afirmativo de la existencia de un “Creador Original” del que dependían todos los demás “creadores” y que estaba por encima de cualquier otra deidad.

Fue por la misma razón anterior, que en honor al “Creador o Dios Supremo”, el gobernante Nezahualcoyotl mandó a levantar en Texcoco un templo (“teocalli” o casa sagrada) sobre una “piramide” de 9 plataformas, que representaba los 9 supra-mundos, y en la cima de aquel templo NO coloco estatua alguna del “Dios” y ordenó que no se colocara nada que coronara aquella construcción, pues quería que aquello sirviera de recordatorio al pueblo creyente que “Aquel por quien todos viven” no podía ser representado y había de concebirlo como una “idea pura”, misma que era la “Causa de todas las causas”.

Esta misma idea azteca del “Supremo dios desconocido” puede rastrearse también dentro de la extensa creación literaria del México Antiguo, como es el caso del siguiente poema prehispánico que a continuación citamos de manera textual y que nos habla precisamente de esta concepción y culto a un dios primordial “Inventor de si mismo” y “Dador de la Vida”. Aquí el texto de este bello poema:

“No en parte alguna puede estar la casa del Inventor de sí mismo.
Dios, el señor nuestro, por todas partes es invocado, 
por todas partes es también venerado.

Se busca su gloria, su fama en la tierra. 
Él es quien inventa las cosas, 
él es quien se inventa a sí mismo: Dios. 
Por todas partes es también venerado. 
Se busca su gloria, su fama en la tierra.

Nadie puede aquí, 
nadie puede ser amigo 
del Dador de la Vida; 
sólo es invocado, 
a su lado, 
junto a él, 
se puede vivir en la tierra.

El que lo encuentra 
tan sólo sabe bien esto: él es invocado; 
a su lado, junto a él, 
se puede vivir en la tierra.

Nadie en verdad 
es tu amigo, 
¡oh Dador de la Vida! 
Sólo como si entre las flores 
buscáramos a alguien, 
así te buscamos, 
nosotros que vivimos en la tierra, 
mientras estamos a tu lado.

Se hastiará tu corazón, 
sólo por poco tiempo 
estaremos junto a ti y a tu lado.

Nos enloquece el Dador de la Vida, 
nos embriaga aquí.

Nadie puede estar acaso a su lado, 
tener éxito, reinar en la tierra.

Sólo tú alteras las cosas, 
como lo sabe nuestro corazón: 
nadie puede estar acaso a su lado, 
tener éxito, reinar en la tierra”.

Nezahualcoyotl. Poema: “Nos enloquece el Dador de la Vida”

Es importante destacar que la escuela filosófica azteca sostenía que el Orden del Universo y de todas las cosas se fundamentaba en un solo Principio Dual, masculino y femenino, que había engendrado a los “Señores celestes sustentadores del Universo” o los “Cuatro Tezcatlipocas” (Titlacahuan, Quetzalcoatl, Xipetotec y Huitzilopochtli), de los cuales derivaron el mundo y los hombres. Este principio dual del “gran Creador”, llevaba el nombre de Ometeotl (“Cosmos”) y se descomponia en dos partes, en Ometecuhtli (“El Señor de la Dualidad”) y Omecihuatl (“La Señora de la Dualidad”) y ambos residian en el Omeyocan (“la Creación”).

Para dar buen termino a esta Primera Parte que expone la real naturaleza no politeísta de la religión que se profesaba en la capital Tenochtitlan y en las ciudades satélites dentro de la Antigua Confederación anahuaca, conviene reforzar lo hasta ahora dicho con las siguientes citas extraídas de fuentes históricas y oficiales:

“Los mejicanos creían en un Dios Supremo, Creador y Señor del Universo, en sus oraciones que lo calificaban de el Dios por quien vivimos, el que se halla en todas partes, que todo lo conoce y es el dispensador de todos los beneficios” (“Mejico Antiguo y Moderno”, Michel Chevalier, 1866)

“Los mejicanos consideraban a su máximo dios como invisible, incorpóreo, la completa perfección y pureza bajo cuyas alas se encuentra el reposo y una dicha inalterable. Después de este Ser Supremo ocupaban un rango mas inferior trece grandes divinidades y doscientos sesenta menores, cada una representada por un día consagrado donde recibían ciertos honores” (“Mejico Antiguo y Moderno”, Michel Chevalier, 1866)

“… entre los mexicanos había un antiguo dios, que era al mismo tiempo el Padre y Madre de todos los demás dioses” (Enciclopedia Brinton, pag 144)

“… a diferencia del resto de los pueblos, los mexicanos tenían cierta idea, de un Ser Supremo, absoluto e independiente, a quien, según confesaban, temían y reverenciaban… no lo representaban bajo ninguna forma externa, por que lo creían invisible… pero le asignaban ciertos epitetos, altamente expresivos, de la grandeza y poder que suponían tenía. Llamábanlo Ipalnemoani, el por quien nosotros vivimos, y Tloquenahuaque, el quien todo lo tiene en sí” (Clavijero, lib. VI)

“Tloque Nahuaque, es decir, Aquel a quien acompañan todos los dioses” (Muñoz Camargo, Nouvelles 1843)

“La denominación azteca de Ser Supremo es Tloque-nahuaque, se compone de Tloc, junto con, y nahuat, en, por, añadiéndole las formas posesivas, significa Señor de toda existencia y coexsitencia” (Enciclopedia Brinton, pag 57)

“Los mexicanos llamaban al dios supremo como Ipalnemohuani a El por quien todos tenemos vida o viven, y también le llamaban al que nadie crió o formo, sino que él solo por su autoridad y por su voluntad lo hace todo. Por ello podemos creer que estas frases son los restos de un conocimiento del verdadero Dios, que debieron tener sus antecesores aztecas” (Mendieta pag. 88)

***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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