El día que Moctezuma se decepcionó del Catolicismo

Según recoge la historia, al día siguiente de su recibimiento en Tenochtitlan, Hernán Cortés en calidad de supuesto “embajador” del Rey Carlos V (como falazmente se hizo pasar) pidió poder presentarse ante el excelso Moctezuma (“Motecuhzoma Xocoyotzin”), lo cual le fue concedido amablemente. Una vez aseado y perfumado (luego de semanas de no hacerlo), tal y como dictaban los protocolos y las formas mexicanas, el castellano se trasladó escoltado por varios guerreros águila (“Cuauhpilli”) hasta el palacio del “Huey Tlahtocan” (Supremo Consejo) donde se hallaba el tlahtoani. La intención de Cortés era que se le permitiera dar una arenga religiosa (que por cierto, fue tan larga como una tarde entera e hizo dormir de hastió a varios dignatarios tenochcas ahí presentes), cuya finalidad era convencer de una vez por todas a Moctezuma y los Señores mexicah de convertirse a la religión católica, la “única y verdadera” como Cortés aseguraba. Tras horas ininterrumpidas de encierro, Cortés hizo lo mejor que pudo para dar una ardua exposición de su religión, valiéndose de la invocación de los misterios de la “Trinidad” (de tres dioses Primordiales y no de Uno solo como era la visión mexicah), del concepto de la “Encarnación” (de la posesión de cuerpos) y de la “Redención del alma” (hacer penitencia, no con labor comunitaria, sino solo rezando dentro de las iglesias), e incluso se remontó al origen del mundo de cuando “Adán y Eva” vivían en el Edén, y de cómo fue “la caída del hombre” a causa haber querido “Conocer del Árbol del Conocimiento, los secretos del funcionamiento del mundo y el cosmos”, lo que desató la ira del dios de los católicos y constituyó (según Cortes) el Pecado Original que originó la ruina del hombre. Pero, cuando Cortés notó que poco a poco, comenzaba a ser tomado por un tonto por los sabios ancianos mexicah ahí presentes (“tlamacazqui-tlamatinimeh”), el Capitán hispano subió el nivel de sus palabras y aseguró demencialmente, que todos esos “monumentos monstruosos en piedra” que adornaban el palacio, no eran más que disfraces con los que se encubría Satanás y que el culto a ellos (a su ciencia) sumergiría a Moctezuma y a su gente en la perdición de sus almas (algo que finalmente sí paso, fue el martirio de aquellos hombres sabios, pero no por culpa de un demonio imaginario occidental llamado “Satanás”, sino por culpa de la maldad, la ignorancia y la avaricia de los hombres enfermos de oro que invadieron el Anahuac).

Expulsión de Adán y Eva del Edén

Antes de que Cortés iniciara aquella penosa intervención suya en el Palacio del Consejo, Moctezuma albergaba grandes expectativas de encontrarse en aquellas palabras que le dirigiría su huésped, el descubrimiento de una gran religión o por lo menos, una espiritualidad compatible con la que ya profesaba la Triple Alianza, pero tristemente nada de eso sucedió, al contrario, se dice que el tlahtoani terminó decepcionado de los hispanos y su religión; no obstante, fiel a su condición de gran gobernante y hombre prudente al hablar (“Nehmatcatlatoanime”), Moctezuma no se burló de Cortes y pacientemente lo escuchó con atención hasta el final, sin interrumpir una sola vez la arenga fanática del jefe español. Al final de vergonzoso episodio, Moctezuma se levantó serenamente de su asiento (“icpalli”) y con una diplomacia abrumadora, le respondió brevemente a Cortés que “NO DUDABA que el dios de los castellanos fuera un dios bueno”, pero rechazo su ofrecimiento de convertirse al catolicismo, pues le hizo saber “que el Dios de Tenochtitlan TAMBIEN ERA UN DIOS IGUALMENTE BUENO Y SABIO” y antes de hacer retirar a su incomoda visita de la sala, (que se quedó sin palabras) el tlahtoani se acercó al Capitán y le confesó a Cortés que todo lo que había dicho durante aquel extenuante discurso suyo acerca de los preceptos de la “Caridad y la Misericordia” de su religión extranjera, se parecía mucho a lo que en su infancia se le había enseñado a él mismo a través de sus maestros del templo (Calmecac) y que no le hacía falta su explicación.

Semanas después de la ridícula arenga católica en el palacio del Tlahtocan, Moctezuma invitó a Cortés al santuario donde se adoraba a todas las Divinidades y Señores celestes de los mexicah, explicándole que esos “ídolos” que él había confundido con los disfraces del enemigo de su dios (Satanás), “no representaban ningún peligro”, pues no eran dioses hombres como los de Castilla (santos), sino “libros celestiales que contenían todo el saber atesorado por los aztecas desde el origen de su nación, y que describían los momentos propicios para cultivar y recolectar, de la marcha y secretos del tiempo”, pero Cortés indiferente a todo ello, como hombre vulgar de su época que era y que desconocía todo en cuanto a ciencia, le dijo a Moctezuma que “si permitiera que en ese templo se erigiera la Cruz católica y que se colocasen las imágenes de los santos, de la Virgen y de su hijo divino, vería entonces que sus ídolos demoniacos huirían de Tenochtitlan”, a lo que el tlahtoani con visible enfado le contestó al petulante Cortés que “si hubiera podido saber antes que faltaría de ese modo al respeto a sus creencias y conocimientos plasmados en la piedra, no le hubiera permitido llegar hasta su presencia”.

Hasta esos días, Moctezuma habia sido obediente de la tradición hospitalaria de los mexicah para con los embajadores y no se había despegado de su plan trazado para quebrantar la alianza militar entre Cortés y los repudiados enemigos tlaxcaltecas y cempoltecas. El tlahtoani, hasta entonces había sido en extremo afable con los hispanos y gustaba mucho de conversar con los frailes acerca de muy variados temas filosóficos, sobre todo les cuestionaba como era posible que en el catolicismo se venerara a “hombres” (santos) y los equiparan como dioses, sabiendo que los humanos todos, son mortales y carecen de verdadera “Energía creadora”, a diferencia de la religión de Tenochtitlan, donde no se le tenía permitido a nadie, levantar una estatua en honor a una persona y que lo divino solo tenía que ver con la NATURALEZA, las “Fuerzas Cosmicas” y con el gran “Dador de la Vida” (“Ipalnemohuani”) creador de las criaturas, los humanos y el Universo.

Se dice incluso, que el tlatoani se daba la oportunidad de jugar a las cartas (baraja española) con los soldados castellanos, sosteniendo partidas donde él gobernante azteca siempre salía victorioso, dando muestra de su magnificencia y gran habilidad mental. Sin embargo, Moctezuma comenzaba a desistir en su actitud diplomática, pues pronto se dio cuenta que nada de provechoso representaría la entrada del Catolicismo para sus templos aztecas, ni nada de lo que pudiera traer Cortes a Tenochtitlan seria de real utilidad, y por ende, el mismo Moctezuma comenzaba a cuestionarse si era un buen propósito, el continuar con el plan de tratar de entablar alguna alianza con el rey de “aquellos bárbaros” para desbaratar la que hasta ahora había logrado con los idolatras talxcaltecas. Lo que terminó de convencer al tlahtoani de que perdía el tiempo intentando encontrar un punto de encuentro con la religión y creencias de Cortes y sus hombres, fueron los constantes arrebatos hostiles de la gentuza que acompañaba a Cortés para con los empleados de los templos y las faltas de respeto mostradas por estos visitantes hacia la cultura y religión de la ciudad tenochca, de a poco, Moctezuma fue desengañándose de que no tenía sentido alguno pactar o esperar algo bueno de aquellos bárbaros incorregibles y ya preparaba en consecuencia, junto a su hermano el “Tlacatecatl” Cuitlahuac, el plan de la inevitable guerra, mismo plan de ataque que el “Huey Tlahtocan” (Gran Consejo) aprobó y que solo quedaba a la espera de la señal de Moctezuma.

Pero días después, Cortes pagaría aquella hospitalidad y buena civilidad mexicah con la artera y cobarde maniobra de secuestrar a traición al tlahtoani, atrincherándose junto con él, en el mismo lugar sede de las conferencias entre españoles y mexicanos (Palacio de Axayacatl). Se dice que en los últimos actos diplomáticos, antes de la desleal respuesta hispana, Moctezuma había mandado a traer a Cortés ante su presencia y le expreso que estaba convencido de que eran obvias e insalvables las diferencias entre su religión tenochca (naturalista) y la de ellos (adoradora de santos), el tlahtoani habló con firmeza y le dejo en claro al Capitán hispano que ya nada se podía hacer y en graves palabras recogidas de las fuentes, le dijo: “No les queda otra salvación que la retirada, volveos al país de donde venís, solo a este precio podéis salvaros”, a lo que Cortés con su característica hipocresía y palabra sin valor, le contestó a Moctezuma que SI ESTABA DE ACUERDO en aceptar ese ofrecimiento suyo de volver pacíficamente a su país (Castilla), pero a cambio de que se les garantizara poder salir con vida del Anahuac y para ello necesitaba de navíos para lograrlo existosamente, pues Cortes explico a Moctezuma que había desmantelado sus navíos recién desembarco en las costas de Chalchicueyecan (actual Veracruz) y por ello, solicitó al tlahtoani un poco más de tiempo para que pudieran seguir en Tenochtitlan, mientras se construían las naves y de ese modo, evitar que los tlaxcaltecas y sus (hasta ese entonces) aliados no los mataran al enterarse que con esos barcos nuevos, Cortés y sus soldados extranjeros abandonarían las tierras mexicanas. Como es sabido, Cortés no respeto su palabra y tan solo se trató de un cobarde engaño para ganar tiempo y así, poder fraguar la traición al último gesto de MISERICORDIA de parte del sabio y prudente Moctezuma, quien se apiadó del desventurado Cortes, quien quedaría a merced de los sanguinarios tlaxcaltecas si lo echaba de Tenochtitlan antes de contar con sus barcos, para lo cual, el tlahtoani se dispuso a acelerar las cosas y le ofreció a Cortés los materiales y trabajadores necesarios para poder construir sus navíos, pidiéndole a cambio que una vez que retornara a Castilla, le comunicara a su rey “Carlos V” todos los buenos tratos que recibió de parte de los mexicanos, como muestra de fraternidad y “buena voluntad” hacia los enviados del poderoso señor asentado allá en el “Viejo Mundo”.

Motecuhzoma Xocoyotzin

Fue así, como el piadoso Moctezuma basado en los principios de CARIDAD y MISERICORDIA (mismos preceptos que tanto pregonó Cortés como los ejes morales de su religión católica durante la arenga suya de los pasados días en el Templo del Consejo), permitió que el Capitán hispano y sus hombres pudieran seguir alojados en el “Palacio de Axayacatl” por mas tiempo y mientras duraran los trabajos de construcción de sus naves, para así evitarles la pena de estar a merced de la furia los vengativos tlaxcaltecas, que muy seguramente, estarían encolerizados al enterarse de su deserción. Fue entonces, que al día siguiente de aquel acuerdo HUMANITARIO, el execrable y farsante Cortés pidió se le permitiera hablar por ultima ocasión en persona con el ocupado Moctezuma, pero esta vez quería que fuera de forma privada en el mismo palacio que le servia de resguardo, y fue ahí cuando el invasor de la “Blanca Ciudad” perpetró la bajeza de capturar a su gran gobernante, poniendo así, el último clavo al ataúd de la malograda fraternidad “entre reinos” que Moctezuma, el verdaderamente “hombre agradable a los ojos de Dios”, había querido para los mexicah y los hispanos.

Finalmente, es de destacar que no solo Moctezuma, sino que en general los habitantes y guerreros de Tenochtitlan, se escandalizaron y desconcertaron de ver como aquellos invasores extranjeros, cargaban banderas y objetos sagrados con los “rostros afligidos” de hombres y mujeres a los que aquellos visitantes católicos TOMABAN POR DIOSES (las vírgenes y los santos). Sin duda, la presencia de los católicos en Tenochtitlan provocó conmoción en las mentes de sus ciudadanos, pues aquella desconocida religión que profesaban esos extraños hombres “venidos del otro lado del mar”, a los ojos de la cosmocracia y religión tenochca era una verdadera ofensa a la Creación.

Fue por esa misma razón, que los mexicah al enterarse que la religión de los hispanos, consistía en considerar “dioses a los hombres” y colocarlos en el trono que solo le correspondía a las “Fuezas Cosmicas” y a los “Señores celestes”, fue que se les comenzó a nombrar con el apelativo de “teules”, que no significa “hombres-dios” como ha pretendido confundir la visión eurocentrista de la Historia, sino que el termino nahua “teule” es el apodo peyorativo que los tenochcas depararon para los católicos y que significaba: “demonio u hombre que se hace pasar por un dios”.

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“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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