México nació cuando “el Águila-sol se posó en el nopal”

FundacionMexicoTenoch

“(Meshi, Acatzin, Cuauhtlequetzqui, Tenuch, Cuauhcoatl) Acamapichtli, Ilhuicamina, Itzcoatl (y Tlacaelel)… son estos los principales valerosos mexicanos y los fundadores de México Tenochtitlan y los primeros caudillos y verdaderos conquistadores que ganaron y ensancharon esta gran república y corte mexicana, y las tierras y pueblos que pusieron en sujeción al liderazgo de México Tenochtitlan; que estos tales principales por ellos ha sido y es cabeza de México Tenochtitlan y su grandeza y señorío que hoy es…” 

(Hernando Alvarado Tezozomoc, “Crónica Mexicana”, cap. IX, p. 249)

La existencia de nuestro amado “México/Mexihko” como Nación, Sentimiento y Cuna de nuestra identidad, no comenzó en 1821 cuando se firmó el Acta de Independencia, pues aquel acto solamente representó el final de la ocupación militar y política del “México invadido” (es decir, Nueva España) por parte de la Corona española tras siglos de colonialismo. Haciendo honores a la Verdad, es licito afirmar que NUESTRA NACIÓN Y SU NOMBRE “MÉXICO” EXISTEN DESDE EL AÑO 1325, y aunque nuestro territorio, tipo de población y forma de gobierno se ha visto transformada desde entonces, es INOBJETABLE que “México” es la creación de aquellos primeros mexicanos (y no de algún colonialista europeo), quienes según el mito fundacional azteca, vieron nacer su amada nación cuando el “Águila se posó en el Nopal a mitad del lago” en el año 1325 d.C. según la cuenta gregoriana o año “Ome-Calli” 2-Casa según la cuenta matemática de nuestro milenario calendario anahuaca.

No obstante, este famoso emblema nacional “del águila y el nopal” debe entenderse como un símbolo “místico-religioso” que representa el momento cumbre del nacimiento de nuestra nación mexicana, pues según narra una versión de la historia, Mexico/Tenochtitlan nació en el momento justo del transito por los cielos de Anáhuac de un majestuoso evento astronómico: con el sol justo en el cenit del cielo, en un año de eclipse solar. De tal suerte, que el “águila” del escudo patrio vendría a representar al Sol, el “corazón de piedra” a la Luna, y el “nopal” el Cosmos con sus innumerables estrellas y astros a la imagen de Tenochtitlan y sus hombres, todos ellos unidos en la metáfora de una imagen sagrada que evoca la Fundación de México, acaecida a mitad de un fenómeno celeste.

eclipse-solareclipse-mexica

Aquel mítico eclipse solar del 1325 (“Tonacualo”), sin duda, debió haber sido vaticinado por los “Tlamatini” (sabios nahuas) para ser utilizado de marco sagrado por aquellos primeros mexicanos (los últimos sobrevivientes de la legendaria “Aztlan”), al momento de poner termino a sus casi 200 años de peregrinación en busca de su “Tierra Prometida”, instante que llego cuando final y felizmente aquellos peregrinos se congregaron sobre un gran islote, justo a mitad del vasto lago central del Valle de Anáhuac (actual zócalo capitalino), para de ese modo bajo el “fulgor místico” de un espectáculo astronómico, realizar el Rito ceremonial donde habrían de consagrar a su nuevo hogar y patria, bajo el NOMBRE DUAL DE “MÉXICO Y TENOCHTITLAN”, mismo que en efecto, nunca se trató de un solo nombre, sino dos, distintos pero enlazados bajo el principio de la Dualidad Cósmica nahua (“Ometeotl/Cosmos”), un binomio nominal que desde aquel lejano siglo XIV le ha dado su gentilicio de “mexicanos” (y tenochcas) a los habitantes de esta bella y muy antigua región del mundo, Anahuac.

Los tres siglos de Colonia y usurpación europea en el Anáhuac, solamente pudieron arrancar de estas tierras el nombre de “Tenochtitlan”, más nunca pudieron extirpar el nombre de “México”, mismo que fue exclamado y vitoreado por primera vez por la voz airada de un habitante MEXICA del siglo XIV, y no por la de un novohispano del siglo XVI o la de un insurgente del siglo XIX.

Es un argumento infantil, superficial y muy falto de sensibilidad histórica, afirmar que las naciones nacen cuando adoptan su Constitución y configuración política final, pues si ese fuese el caso, las milenarias China, India o incluso la misma Rusia e Israel ya no serían tan antiguas como merecen ser reconocidas, pues bajo el concepto obtuso de que una nación nace hasta que tiene su forma política y denominación definitiva, China, la India, Rusia e Israel habrían NACIDO COMO NACIÓN (concepto distinto a “país”) “apenas ayer”, cuando dejaron atrás sus respectivos nombres y estatus de “Imperio Chino”, “Colonia Británica de la India”, “Unión Soviética” o el caso más grave, la inexistencia geográfica de la propia Israel a inicios del siglo pasado. Un argumento a todas luces obsoleto para explicar al mundo, pues es sabido que los chinos, indios, rusos e israelitas son naciones que vienen de UN PASADO MUY REMOTO, como también es el caso de los propios mexicanos.

Justamente ese mismo criterio que aplica para China, India, Rusia e Israel para datar su lejana antigüedad como pueblo y nación, TAMBIÉN APLICA para nuestra Nación México, la de ponderar por encima de cualquier otro argumento, sus elementos ancestrales e inmutables y no los “cambios transitorios” (dígase, Colonia) que marca el paso de los siglos y épocas humanas, cambios a los cuales ninguna nación del mundo escapa. Con lo anterior, es totalmente lícito afirmar que NUESTRO PUEBLO-NACIÓN NUNCA HA DEJADO SU LUGAR DE ORIGEN Y TAMPOCO HA DEJADO DE AUTO-NOMBRARSE MÉXICO DESDE 1325 (cuando menos). El ilegal nombre de la “Nueva España” no fue elegido por ningún mexicano, sino impuesto a la fuerza por los invasores europeos e inmediatamente abolido en cuanto la Corona española fue expulsada de nuestras tierras en 1821.

NO ES CASUALIDAD que el héroe patrio Jose Ma. Morelos y Pavón (en el Congreso de Anahuac de 1813) y luego el célebre caudillo Agustín de Iturbide (una vez consumada la Independencia) sintieron el mismo respeto y obligación de conservar nombre original de “México” venido desde la época de los Ancestrales Padres Fundadores, es decir, desde los Huey Tlahtoani “Moctezuma Ilhuicamina” e “Itzcoatl”. La anterior, queda manifiesto en el hecho de que Gobierno Trigarante de Iturbide (el primero desde la época de la Liberación) fue nombrado como “IMPERIO MEXICANO (DE ANAHUAC)”, y que tiempo después tras la victoria de los liberales y la instauración de la República, paso a ser renombrado como “Estados Unidos Mexicanos”, que es la denominación oficial que ha llegado hasta nuestros días. Solo un necio o un “eurocentrista”, no lograría percatarse en el común denominador y ESENCIA que caracteriza a todos estos nombres que marcan las edades de nuestro mismo pueblo y nación, algo que por si fuera poco, permanece en nuestras insignias y lavaros patrios, tal y como se muestran en todas estas venerables banderas de nuestra historia:

bandera 1

“Confederación de México-Tenochtitlan” (1325)

bandera 2

“Imperio Mexicano (de Anáhuac)” (1821)

bandera-de-mexico

“Estados Unidos Mexicanos” (Actual)

Seamos sensatos y objetivos, desde hace 700 años lo ÚNICO que no cambia es la raíz “México” en el nombre de nuestro país. Pues México, no es una marca que se quita y se pone por el decreto de un “hombre coronado” o por el filo de una espada, “México” es la expresión imborrable de la voluntad de nuestro pueblo antiguo, que a lo largo de los siglos ha batallado con la intervención de fuerzas extranjeras e imperialistas (España, Francia, Estados Unidos), y que no ha tenido más remedio que asimilar y adoptar elementos ajenos a su Cosmovisión y Origen, como ha sido el caso de todos los pueblos y naciones del planeta; pues ni los países de la propia Europa conservan inalterados sus propios nombres originales, su idioma original, sus fronteras, tipo de población y hasta la forma de gobierno desde cuando fueron fundados en la Edad Media (y algunos de creación más reciente).

Llegado a este punto es importante hacer hincapié que lo que nació tras la guerra de Independencia (o expulsión de la corona española) fue únicamente la figura política de la “República” como nueva forma de gobierno en el Anáhuac, pero la nación mexicana como ya hemos demostrado cabalmente viene desde tiempos mucho más antiguos que el siglo XIX y sus elementos fundamentales siguen siendo los mismos. No obstante, aquí cabe dar una oportuna aclaración, entonces si la nación mexicana como tal, data de por lo menos el siglo XIV, ¿Qué tipo de gobierno era el que regía a nuestra nación antes de la República y el Virreinato?, la respuesta es que los primeros mexicanos de aquel entonces estaban organizados mediante una CONFEDERACIÓN, la cual es una forma de gobierno superior y más adelantada en todos los aspectos que la misma “República” (y desde luego, mas civilizada que el fútil estado monárquico). Pues en la Confederación, existe una cohesión coherente y estable donde un grupo de Federaciones/pueblos SEMEJANTES y HERMANADOS ceden parte de su soberanía en pos de un Gobierno y Leyes Comunes que les son igualmente naturales y beneficiosas a las poblaciones de dichos países miembros de la Confederación, puesto que tienen idiosincrasias compatibles y anhelos compartidos. Se sabe que en aquel entonces, hasta 38 Federaciones (““Icniuhyotl”) y cientos de ciudades (“Altepetl”) repartidos a lo largo y ancho de las actuales fronteras del Estado Mexicano, acompañaban la Confederación de México que encabezaban la propia Tenochtitlan, junto a Tlacopan y Texcoco (“La Triple Alianza”).

En el caso de Anáhuac, la Capital central (“Icpalli”) de la Antigua Confederación Mexica era la ciudad de Tenochtitlan, misma ciudad que no ha dejado de ser desde aquella época remota, el centro político-cultural de nuestra nación sin importar la época de estudio, ya sea en los tiempos de los “tlahtoani”, la de los virreyes, en la de los emperadores Maximiliano e Iturbide o bien, en la época del presidencialismo de nuestros días. Es preciso citar, que la división política actual de los Estados de la República, prácticamente guardan la MISMA DISTRIBUCIÓN de las antiguas Ciudades-Estado que conformaban la otrora Confederación Mexicana, dejando de manifiesto que nuestro mapa federativo es una reminiscencia del México ancestral y no un diseño de la “Nueva España”.

En lo tocante a la jerarquía política, el cuerpo superior del Gobierno de la Confederación Mexicana era el “Tlatocanecentlaliliztli” (Consejo Supremo) y las decisiones de toda esa región planetaria llamada “Anáhuac”, se decidían mediante Asambleas donde participaban los más sabios y competentes hombres y mujeres de la nación mexicana (Tecuhtlatoque, Cihuatlatoque). Así pues, en la Confederación Mexica, el poder no se concentraba en una persona, sino en una Colectividad de Ciudades-Estados que depositaban sus decisiones en un Consejo Supremo, que a su vez tenía como representantes de la “Dualidad Universal” en la que se fundamenta el pensamiento mexicano, al Tlatoani y el Cihuacoatl, quienes eran el ejecutante y el administrador únicamente, mas no los dueños del poder o reyes absolutistas que despoticamente dictaban los destinos de inmensos contingentes humanos, como si sucedía en las primitivas formas de gobierno europeas y asiáticas de aquella época de los siglos XIV-XV. Increíblemente hoy en día, en pleno siglo XXI, todas las regiones del mundo moderno aspiran a ser gobernados por la forma geopolítica de las “Confederaciones” (casos concretos: Unión Europea, La Liga Árabe, La Unión Africana, La Unión Asiática, Bloque del Este, Unasur, ALBA, etc), un tipo de gobierno funcional y ético, que como ya hemos citado nuestro Anáhuac ya tenía concebido y funcionando desde hace 7 siglos, y que hoy día apenas el resto del mundo está redescubriendo. Dando muestra de la avanzada sociedad y elevada sabiduría que hasta en las cuestiones mas mundanas como la política, tenían nuestros ancestros mexicanos.

Este tema es muy extenso y aún quedan en el tintero mas datos que por razones de economía del tiempo y el conocimiento iremos desglosando en próximos ensayos. Pero nos complacemos en haber aportado una nueva visión a la verdad histórica y dejar asentado que nuestra nación ancestral México permanece desde 1325 y que solo se ha transformado y actualizado conforme al “ritmo de los tiempos”, aunque ciertamente con cambios bruscos en su gobierno, lengua y religión, pero pese a todo ellos, ha mantenido constante la naturaleza de su emblema sagrado, su nombre, su capital, su lugar de residencia del poder y el espíritu de su pueblo que nunca ha dejado de ser el mismo (sin importar el racista concepto de “mestizo”) desde “que Águila se posó en el Nopal”.

Celebremos que Nuestra Nación Mexicana ha conservado la esencia de su origen y está en el camino correcto para recuperar su antigua Confederación y Religión, pues su solemne nombre que guarda tantos secretos y misterios atávicos, “MÉXICO”, sigue inmutable hasta hoy, tal y como fue concebido y exclamado a los “Cuatro Rumbos del Universo” por primera vez, a mitad de aquel mítico lago central y sagrado del Anáhuac, en la maravillosa fecha de la fundación de nuestra Cuna mexicana.

¡Viva México! (¡… y que sea levantada de nuevo su capital Tenochtitlan!)

Glifo Tenochtitlan

***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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