La “Batalla del Cerro de la Estrella”.

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El actual Cerro de la Estrella (antes Huizachtepetl), sirvió de escenario para el primer enfrentamiento militar entre el recién designado “Huey Tlahtoani” Cuauhtemoc y el jefe del ejercito invasor Hernán Cortes, y aunque muchos consienten la falsa creencia de que los aztecas siempre se vieron superados durante la guerra que le toco comandar a Cuauhtemoc, en realidad, fue el capitán castellano quien resultó derrotado y humillado militarmente por el joven líder mexica en aquella “primera prueba” del ultimo Tlahtoani, pues fue Cuauhtemoc quien se encargó de dar una dura lección de estrategia bélica a su confiado y arrogante enemigo.

Según cuenta la historia, era en enero de 1521, cuando el airoso capitán Cortes se apostaba sobre su cabalgadura a las afueras de Tenochtitlan y regresaba a la gran capital del Nuevo Mundo, tras los meses de recuperación que le tomo a su ejército para reagruparse y reiniciar sus ofensivas, luego de haber sido expulsado y casi destruido por la resistencia anahuaca, en la heroica la “Batalla de la Noche Victoriosa” del 30 de junio de 1520 (la conocida noche cuando el extremeño, lloro su fracaso bajo el mítico árbol ahuehuete de Popotla).

Ahora frente a Cuauhtemoc al mando de los ejércitos mexicah, Hernán Cortes decidido a cobrarse la afrenta por la pasada derrota que le propinara el entonces líder Cuitlahuac (al que solo la “Gran Peste” pudo doblegar), regresaba en aquella tarde invernal acompañado con toda la fuerza de sus ejércitos invasores, pues a las puertas de Iztapalapan (la entrada sur de Tenochtitlan), el extremeño había logrado reunir 150,000 “indios aliados” (guerreros provenientes de Tlaxcala, Huexotzinco, Cempoala, etc), que marchaban por delante del contingente europeo que constataba de 118 ballesteros y arcabuceros, 86 elementos a caballo, 15 cañones de bronce, 3 cañones de hierro (con 50kg de pólvora recogida del Popocatepetl); una colosal milicia destructora que arribaba altiva a Tenochtitlan tras haber sometido hace algunas semanas, a la segunda capital de la Triple Alianza, la otrora bella Texcoco, ya para entonces convertida en ruinas a causa de la guerra y gobernada por un rey pelele colocado por el mismo Capitán hispano.

Según recoge la historia, ese día de inicios del año 1521, las tropas enemigas de los mexicanos rodearon la laguna texcocana, hasta llegar a los diques-calzadas que rodeaban Iztapalapan y una vez llegados ahí, los soldados de Cortes recorrieron la zona para observar el terreno y “prever todas las posibles maniobras” del adversario. Lleno de confianza, luego de los reportes favorables de sus “estrategas”, finalmente el Capitán decide marchar hacia el combate a lado de sus hombres fuertes, Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid. Cuando llegó al campo de batalla, Cortes era resguardado por una escolta personal en formación defensiva de 10 arcabuceros, 30 ballesteros, 200 soldados con espada y 18 caballeros; mientras el grueso de su batallón fue enviando a la delantera, siendo su primera línea de ataque constituida únicamente por la numerosa masa de indios aliados (Cortes nunca marchaba al frente de sus tropas, siempre lo hacía desde la retaguardia, detrás de las anchas filas de soldados que lo protegían).

Una vez adentrado en los terrenos de Iztapalapan y sintiéndose muy prevenido, el numeroso contingente comenzó la batalla, justo cuando las escuadras mexica, acolhuas, texcocanas, tecpanecas y xochimilcas saltaron de sus posiciones de guardia y atacaron ferozmente a la delantera enemiga donde estaban formados los “indios aliados” de los europeos. Se cuenta que la batalla fue terrible y a pesar de que los mexicah eran superados en proporción 10 a 1 por el enemigo, los defensores de la “Blanca Ciudad” ofrecieron una estoica resistencia que poco a poco se extinguió, pues consumidos por el esfuerzo heroico de luchar en clara desventaja numérica, los defensores comenzaron a ceder terreno al invasor, hasta que por fin emprendieron la veloz retirada y el orden marcial que habían mostrado al inicio, quedo desbaratado cuando en desbandada los mexicanos se alejaron del combate en franca huida… al ver aquello, los ejércitos indios de Cortes lanzaron estruendosos alaridos de victoria y tras de ellos los hispanos celebraban golpeando sus escudos contra sus espadas, pues sentían que “esa aplastante victoria” les dejaba el camino libre para llegar imperiosos hasta el centro de México-Tenochtitlan, pero de pronto, sin que nadie lo esperaba:

¡UN INCONTENIBLE TORRENTE DE AGUA llegaba con descomunal furia a espaldas de los que gritaban victoriosos!, en un instante el agua engulló todo, hombres y caballos por igual, su fuerza fue tal que arrancó arboles desde la raíz y los de Cortes murieron por centenares ahogados, sorprendidos cual presas llevadas ingenuamente a una trampa mortal…

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Sí, Cuauhtémoc lo había calculado todo, intencionalmente ordenó enviar una escueta defensa a Iztapalapan a manera de escaramuza, de anzuelo, para que sus enemigos se animaran a adentrarse de más en los terrenos suyos, y una vez que los tuviera a todos reunidos en un mismo punto a las faldas del “Cerro de la Estrella”, mientras aquellos celebraran creyéndose ganadores de la contienda, con el sonido de su caracol escuchándose en todo lo alto, Cuauhtemoc daría la señal a sus guerreros de romper los diques de las lagunas de Chalco y Xochimilco en el momento exacto, para que la impetuosa ola alcanzara y matara a los invasores con un solo ataque.

Todo resultó con exactitud milimétrica conforme a lo planeado por los Señores Mexicah, y aquella trampa exitosa pudo haber representado el “GOLPE MAESTRO” que hubiese acabado de tajo con la guerra y la “Conquista de Mexico”, de no ser porque milagrosamente, apenas pudo salvar la vida Hernán Cortes gracias a la mera casualidad, pues el Capitán hispano se había rezagado durante la batalla en una parte elevada de aquel terreno, y desde allí estaba contemplando “su victoria” cuando el gran torrencial llegó ante su seguramente, muy incrédula mirada. Auxiliado por su numerosa escolta, con grandes trabajos y penas, logró huir Cortes de aquella zona peligrosa sumergida por las aguas.

No obstante, esa tarde épica hubo decenas de miles de muertos de entre las filas invasoras, y aunque el “castigo del agua” fue ejemplar, lo peor vino momentos después, cuando los pocos en la batalla que pudieron sobrevivir a la provocada inundación, quedando al igual que Cortes, atrapados en aislados “islotes” o encerrados en bolsas de tierra firme, al anochecer terminaron muertos por las armas mexicanas que se cubrieron de gloria, una vez que los “supuestamente derrotados” defensores de Tenochtitlan, volvieron a bordo de decenas de canoas para rematar con una lluvia de flechas y a burlarse de sus engreídos enemigos indios e hispanos, que habían caído en la brillante trampa del Huey Tlahtoani.

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Ese glorioso día del 11 de enero de 1521, el invasor europeo Hernán Cortes (a quien el eurocentrismo ramplón califica de supuesto “genio estratega”) recibió por segunda ocasión en menos de un año, una dolorosa LECCIÓN de táctica y estrategia militar que le costó una nueva y vergonzosa derrota ante los leales al Anahuac, pero esta vez, la lección no vino de parte de un aventajado General mexicano (“Tlacatecuhtli”) como lo fue Cuitlahuac, sino de parte de un muchacho de 25 años, valiente y osado como pocos hombres en la Historia Universal: el heroico caudillo Cuauhtemoc, quien cargo con el peso sobrehumano de luchar “contra el mundo” justo cuando su Civilización agonizaba.

***
“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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