La MUERTE y los SUPRA-MUNDOS aztecas

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El día 1 de noviembre es nuestra fecha nacional dedicada a la celebración del “Día de Muertos” (MICCAILHUITL) y por motivo de ello compartimos gustosamente con ustedes el presente texto, mismo que se ocupara ampliamente en rescatar la COSMOVISIÓN ORIGINARIA de esta festividad de los muertos (mexicana de origen y mundialmente reconocida), la cual, pese a que en la actualidad tiene añadiduras de la cultura comercial moderna y otras producto del sincretismo religioso (mayoritariamente con el catolicismo), no por ello deja de ser algo INOBJETABLE que la “sabia convivencia del mexicano con la muerte” nos viene legada desde tiempos del Antiguo Anahuac y en consecuencia, podemos estar seguros que el actual “Día de Muertos” conserva EN SÍ MISMO, mucho de la ESENCIA (aunque no tanto de la forma) de la ancestral fiesta MICCAILHUITL que celebraban los primeros mexicanos.

De momento, conviene dejar asentado que esta “solemnidad con la Muerte” no se celebraba en una fecha única, sino que era parte de toda una temporada de celebraciones que iniciaban desde el Equinoccio de Otoño (23 septiembre), pero que se vigorizaban en Tenochtitlan en un mes en particular perteneciente a su Calendario sagrado, propiamente nos referimos al mes que los aztecas llamaban con el místico nombre de “Teotleco” (que bien puede ser traducido como “EL ASCENSO DE LO DIVINO” o “LA PARTIDA DE LAS ESENCIAS”) y que constituía el mes número 12 de un total de 19 meses sagrados (18 de veinte días, más uno de 5 días) y que a su vez constituyen el ciclo completo de la “Cuenta Cempoalilhuitl” donde estaban marcadas todas las fechas de las “Fiestas Sagradas” de nuestros ancestros.

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Dicho sea de paso, aquellas fiestas sagradas del Anáhuac en su mayoría, HOY DÍA LAS SEGUIMOS CELEBRANDO AUNQUE NO SEAMOS CONSCIENTES DE ELLO (como justamente es el caso del “Día de Muertos”) pues nuestras actuales fiestas religiosas católicas suceden en las mismas fechas en las que tenían establecidas las propias nuestros ancestros, y ello obedece al intento hispano por evangelizar y borrar la memoria de las Fiestas Sagradas de Anahuac. Es por ello que ahora esas viejas celebraciones aztecas, han llegado hasta nuestros días totalmente mimetizadas, distorsionadas, parcialmente sustituidas o simplemente ocultadas detrás de la “mascarada” de las festividades del Santoral de los “Santos Patronos en los pueblos”, que la impuesta religión romana-católica nos ha obligado a celebrar a ciegas en nuestras propias fechas ancestrales, aprovechándose del hecho de que durante la Colonia, los clérigos católicos (frailes misioneros) tuvieron acceso al venerable conocimiento del CEMPOALILHUITL y así descubrieron en que días eran las festejos más importantes del calendario anahuaca para para de esa manera reemplazarlas perpetuamente por fiestas católicas, una ruin tarea que el Vaticano no llevo a cabo tan bien como creyó, pues en este siglo, los mexicanos conscientes hemos comenzado a quitar la “paja” aventada sobre nuestras fiestas ancestrales mexicas para redescubrirlas y reclamarlas como nuestras otra vez.

Así pues, el mes de Teotleco (“Ascensión divina”) en correlación con el calendario gregoriano corre desde el día 3 al 22 de octubre (20 días), seguido del mes de Tepeilhuitl (“Fiesta de todos los cerros”) el cual transcurre a su vez, desde el 23 de octubre y termina el 11 de noviembre, un lapso de tiempo que hace evidente una vez más, que los primeros mexicanos recordaban a sus muertos en similares fechas que nosotros hoy día; por tanto, no es un disparate ni una ligereza mental afirmar que nuestra celebración actual de “Día de Muertos” es una CONSECUENCIA DIRECTA de la fiesta anahuaca de MICCAILHUITL que empezaba en la época de los meses aztecas de Xocotl Huetzi/Ochpaniztli (inicio del Otoño) y terminaba en los meses de Teotleco/Tepeilhuitl (final del Otoño). No obstante, es importante y justo resaltar que la forma en que los primeros mexicanos concebían a la muerte y la manera en la que la honraban, dista en buena medida de la forma y configuración actual de nuestro Día de Muertos. Entre las diferencias más significativas “del ayer y el hoy”, podemos citar las siguientes (mismas que valdría mucho la pena, reintegrarlas a nuestra manera actual de ver y celebrar a la muerte):

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1) Durante la temporada Teotleco/Tepeilhuitl, las procesiones y ceremonias no solo se centraban en la muerte humana, de hecho, la muerte de los hombres era la mínima parte del propósito de esta festividad anahuaca y su fiesta MICCAILHUITL que arrancaba en el segundo equinoccio del año; en realidad, el sentido de esta Festividad sagrada era HONRAR A TODAS LAS COSAS MUERTAS Y PEDIR POR SU RECICLAMIENTO CÓSMICO, empezando por la propia Naturaleza y la humanidad, pero también los soles, los mundos, las viejas ciudades, las plantas, los animales y hasta la tierra misma eran los “difuntos principales” de esta celebración (por encima de los familiares difuntos). En este punto, hay que recordar que cada una de las festividades del Anahuac tenían una estrecha e innegable relación con los Ciclos del Tiempo del planeta y fue precisamente ese el motivo por el cual, el mes “EL ASCENSO DE LO DIVINO” o “PARTIDA DE LAS ESENCIAS” (TEOTLECO) se escogió para celebrarse en fechas ya muy entradas del Otoño, que es precisamente la época del año donde ya no es posible labrar y sembrar la tierra (inicio de la época de sacas o “Tonalco”), pues su fecundidad se ha ido (se ha elevado al cielo) y en cierto modo, es lo mismo que decir que su “Esencia partió” y que ahora la tierra está “muerta”. No obstante, la intención no era lamentarse por ese hecho de que la tierra y el Universo morían, pues al igual que la vida humana, en las fiestas de TEOTLECO se le agradecía al “Creador” al “Padre-Madre” que se nos hallase prestado vida y que al igual que la tierra muerta y estéril hoy, pero viva y fecunda mañana, se le pedía a la Divinidad “no dejarnos morir para siempre”, se le rogaba acogernos y reciclarnos en algo mejor (un mensaje hermoso sin duda alguna).

2) En la filosofía del Anáhuac, lo único verdadero era la Vida (Yoliztli), pues la Existencia (Nemiliztli) y la Muerte (Miquiliztli) eran dos estados alternados de la Vida misma. Se decía, que los muertos continuaban en “el Mas allá” el viaje que habían empezado en esta tierra, es decir, uno existía en la vida, pero también en la muerte.

3) No existía el concepto de “sepulcro”, para nuestros antepasados el hecho de depositar bajo tierra los cadáveres o las cenizas de los difuntos, más que un entierro representaba que SEMBRABAN A LAS PERSONAS DE NUEVO, era el simbolismo de que la Muerte nos reciclaba a todos. Se decía que las plantas, los animales que morían o personas perdidas cuyos cuerpos no se enterraban (sembraban) eran de cualquier forma encontrados por la Astralidad Tlaltecuhtli (el subsuelo, el monstruo de la tierra) quien recibía en sus fauces los cuerpos inertes para “tragarlos”, garantizando así que todos entrarían al ciclo del reciclamiento.

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4) Tampoco había la figura del panteón, salvo la excepción del sagrado Tzompantli que era el mausoleo donde se concentraban los cráneos de las personas muy especiales o prominentes ya fallecidas. Al común de las personas SE LES SEMBRABA (enterraba) EN EL MISMO LUGAR DONDE HABÍAN NACIDO, lo anterior, con la finalidad de cerrar material y espiritualmente, el ciclo de su paso por la tierra. El cuerpo del difunto era regresado al punto inicial donde había comenzado su vida, por ello era muy común que en el seno de los hogares, bajo el piso de los jardines o salas, se encontraran los restos o cenizas de las personas muertas; pues en aquellas épocas, las personas nacían por medio de parteras en el interior de las casas. “Parir” y “partir” en cierto modo eran sinónimos, cuando menos semejantes en cuanto al lugar físico.

5) Para los antiguos mexicanos la Muerte era sagrada e inspiraba una respetuosa fascinación, mas no por el sentido morboso y sádico que hoy día creemos, sino porque ellos veían a la Muerte como el EJE RECTOR del Universo, pues la muerte era la medida de todas las cosas creadas, además de creer que todo cuanto estaba vivo, de una u otra forma, merecía morir. Así pues, Todo moría, nada quedaba sin morir y ese era el gran regalo del Creador, pues la Muerte nos hermanaba a todos con el Cosmos, “el rostro de calavera” era verdadero rostro de los hombres y su máscara de piel (la cara personal) no era más que un disfraz (un nahual). Tanto calaba la creencia de que todo cuanto existía moría, que incluso EL TIEMPO TAMBIÉN MORÍA, y fue en base a esa concepción del “tiempo perecedero” que tuvo lugar la instauración de la trascendental “Ceremonia del Fuego Nuevo” que se realizaba fastuosa y solemnemente al final de cada siglo cósmico de 52 años (Xiuhmolpilli), pues tal ceremonia era tomada por la población como eso, como “La muerte y entierro del Señor Tiempo” (incinerado y vuelto a sembrar).

6) Más que en la idea de “ánimas” que es la creencia catequizada de nuestros días, en el Anahuac se creía que lo que salía del cuerpo al morir, era el “Tonalli” (la energía pensante) y el Ehecatl (viento-espíritu) y que estas dos fuerzas no morían, sino que eran recicladas una vez concluido el proceso del viaje del difunto en el ”Más allá” (Mictlan), donde aguardaba por él la omnipotente “Astralidad Dual de la Muerte” (Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl)

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7) Los altares familiares de la fiesta de los muertos en el Anahuac, no estaban dedicados en primer plano a los parientes difuntos sino a las ENTELEQUIAS SAGRADAS, y los rezos eran dirigidos a estas Fuerzas custodias o Señores de la “Región de los Muertos”, pues se sabía que los muertos NO REGRESABAN como “fantasmas” a este plano terrenal como hoy día se cree. Los primeros mexicanos sabían que sus muertos solo podían escuchar los lamentos y palabras de cariño de sus seres queridos aún vivos, tan solo algunas horas después de fallecer, cuando todavía su Ehecatl y Tonalli permanecían junto a su cadáver antes de partir a su viaje al “Mas allá”, después de ese punto, solo las Fuerzas custodias de la “Región de los Muertos” podían llevar o traer los mensajes entre los vivos y los occisos. Por ello resultaba inútil pretender hablar con los muertos directamente y hacer una ofrenda intentando agradarles, pues a quien se le hablaba e intentaba agradar con copal, flores y ofrendas era a los “Señores de la Muerte”, en otras palabras, en los altares del seno del hogar y templos no se veneraba a personas muertas, sino a los “Custodios celestes” que cuidaban del Tonalli-Ehecatl de esas personas muertas, con la esperanza de que sus mensajes fueran recogidos y llevados por ellos “hasta oídos” de sus seres amados existiendo en el “Más allá”.

8) Para los primeros mexicanos “la forma de morir era la síntesis de la forma de vivir”, por ello se decía que el tipo de muerte también describía el tipo de vida que una persona llevaba y en consecuencia, eso DEFINÍA el tipo de “supra-mundo” al que eran proyectados los hombres cuando éstos morían. De tal suerte que no existía un “Mas allá” único, sino un mapa astral diverso a donde podían llegar los muertos según la naturaleza de su muerte (y vida).

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Al presente, dentro de la Cosmovisión del Anahuac se tienen identificados hasta 5 posibles lugares o destinos a los que llegaban los muertos después de su paso por el Plano Terrenal (Tlalticpac), estos sitios del “Más allá” donde morarían las personas un largo tiempo, hasta antes de su reciclamiento son:

I) Los muy valientes terminaban normalmente muertos en batalla (o al dar a luz y no sobrevivir al parto en el caso de las mujeres) y por tanto a todos ellos les tocaba ir a la esplendorosa y fastuosa “Casa del Sol” (Tonatiuhilhucac ó Tlapallan) donde cuidaría de ellos la Astralidad dual de Tonatiuh-Tonantzin;

II) Las personas laboriosos terminaban normalmente muertas en los valles arrastrados por las corrientes de agua o impactados por un rayo o enfermos de tanta humedad por estar en los campos de cultivo, a ellos les tocaba ir al lugar paradisiaco y de abundancia de la “Casa Nublada” (Tlalocan) donde cuidaría de ellos la Astralidad dual de Tlaloc-Chalchiuhtlicue;

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III) Las personas que morían de forma natural, por enfermedades o accidentes no relacionadas con la siembra o simplemente por llegar a viejos porque habían sido neutrales o sabios en la vida, les tocaba ir a la “Casa de la Calavera” (Mictlan), que no era más que un páramo de descanso y paz inacabable donde cuidaría de ellos la Astralidad dual de Mictlantecuhtli-Mictecacihuatl;

IV) Los niños que morían antes del destete o que no habían probado maíz por su muy corta edad, se les consideraba “xilotl” (jilotitos) o “personas tiernitas” y por tanto se decía que iban a la “Casa del Maíz” (Cincalco) que era un vergel divino con una región de árboles sabios (Chichihualcuauhco) que les servían de madres y pechos nodriza a los niñitos difuntos, también aquí llegaban todos aquellas grandes personas desprendidas de los goces terrenales y que murieron inmolándose en nombre de la Divinidad o de su pueblo, allá cuidaría de ellos la Astralidad dual de Xipe Totec-Quetzalcoatl;

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V) Por último, el quinto páramo extraterrenal (de tradición oral y que se confunde con el Cincalco) es a donde iban todos aquellos que eran condenados a muerte por un delito grave o los que se suicidaban por una pena muy grande, según algunas versiones, este tipo de muertos iban a la “Casa de la Negrura o de la Luna” (Tlillan Tlapallan) un lugar solitario y neblinoso que sumía a los que llegaban hasta allí en hondas reflexiones. De las Astralidades regentes nahuas de este supra-mundo no se sabe mucho con certeza (¿Tezcatlipoca-Tlitlacahuan?), pero en la vertiente maya aparece la Señora lunar Ixtab que significa “la dueña de la soga”.

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Para finalizar bellamente este texto, demos paso a un precioso y profundo poema anahuaca que sintetiza magníficamente el sublime pensamiento de los primeros mexicanos respecto de la Muerte… de “AQUELLO QUE NOS HERMANA A TODOS”.

Se trata de extracto de poemas originales recogidos de las fuentes históricas, mismo que transcribiremos en su idioma original náhuatl y posteriormente en su traducción al español, para de ese modo, no perder detalle alguno acerca de su poderoso mensaje y excelsa filosofía contenida:

(Extraído del Códice Florentino, libro VI y X)

Cuix tel amicohuaz, campa
Zan ie nel nen onhuiloaz, ca
Totequiuh in Miquiztli, ca
Techcenmaceuh, auh ca
Miquiztequitihoaco in tlalticpac.
Ce iuh mitoaia; in jquac timiqui, ca amo
Nelli timiqui ca ie tiyoli, ca ie titozcalia,
Ca ie tinemi, ca tica…

“¿Acaso no habrá muerte?,
¿A dónde en verdad se ira?,
Pues es Nuestro tributo la muerte,
Nos mereció a todos 
Ofrendarla aquí en la tierra.
Pues así decían: cuando morimos, no es
Verdad de que morimos, pues todavía
Vivimos, pues
Resucitamos, existimos,
Nos despertamos…”

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***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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